Santa Teresa de Lisieux y San José Moscati, |
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Giuseppe Samà s.j. |
Traducción de Rossano Zas Friz s.j. |
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"Hoy tenemos gran necesidad de santos, que debemos implorar a Dios con asiduidad". Esta frase de Juan Pablo II ocupaba la mente mientras el tren nos llevaba el pasado junio en pelegrinación a Liseux: un pequeño grupo de religiosos y de laicos, devotos de S. Teresa del Niño Jesús, deseosos de profundizar su camino de la "infancia espiritual".
Lisieux es una pequeña ciudad normanda, que aparece, queremos decirlo, descontaminada del bullicio de los grandes centros comerciales: casi un oasis de silencio y de compostura psicológica que apela al espírito a escoger pausas de reflexión y de oración, cuya urgencia se advierte más cuanto mayor es hoy la obsesiva exaltación del activismo y del eficientismo.
De la Basílica de S. Teresa, que domina las verdes colinas de Normandía, a la Iglesia del Carmelo y a la capilla dell’Ermitage S.te Thérèse (donde fuimos ospedados y donde se realizaron nuestros encuentros de oración y de adoración eucarística), hemos tenido modo de asimilar existencialmente el itinerario de santidad de Teresa, en sus varias etapas de crecimiento interior y de respuesta a la voz del Espírito, en las pruebas de un Getsemaní escondido, vivido por ella con una generosidad no común.
En la escuela de S. Teresa, definida por Pio XI "Palabra de Dios", hemos redescubierto el encanto de la infancia espiritual, radicada en las paradojales palabra de Jesús: "Si no os hacéis como niños, non entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt 18,3). Convertirse en "pequeños" para ser "grandes" en el Reino de los Cielos: "nada de pueril y de afectado, como dice Paulo VI, en esta vía enseñada por S. Teresa: es la vía de la confianza y del abandono en Dios, o - como escribe la misma santa - "un dormir en los brazos de Dios nuestro Padre", que vigila con amor paterno sobre nosotros "que somos llamados y somos verdaderamente hijos de Dios" (1 Jn 3,1).
Es una vida que, extraña a cualquier forma de quietismo y de mediocridad, necesita una fe valerosa, un amor incondicionado, una colaboración perseverante con Cristo Señor, al cual se deben "echar las flores de los pequeños sacrificios". Es un camino seguro que lleva a la santidad porque el Señor nos quiere santos. Es Él el artifice de nuestra santidad, es más, Él mismo es nuestra santidad, como se expresa S. Teresa en el Acto de ofrecimiento al Amor Misericordioso: "Deseo ser santa, pero siento mi impotencia y te pido, Dios mio, de ser tu mismo mi santidad". Teresa pide a Dios se ser aquel a quien ama en ella, por que es con el amor de Dios mismo que somos invitados a amar.
El amor de Teresa por Cristo se manifiesta así en las pequeñas cosas cotidianas: "Cantaré también cuando deberé recoger mis flores entre las espinas y mi canto será tanto más meliodoso cuanto más largas y punzantes sean las espinas" (Manuscrito B, n. 258).
El amor de Dios, llevado hasta el heroísmo, inspira a nuestra Santa, quince meses después del Acto de Ofrecimiento, aquello que Laurentin (en su libro "Iniciación a la verdadera Teresa de Lisieux") ha definido su "manifiesto", vibrante de acentos místicos, escrito bajo forma de carta a su hermana María (Manuscrito B, nn. 250-254).
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El Señor responde a Teresa por medio de la lectura de la Primera Carta a los Corintios (cc. 12-13), en la cual el Ápostol Pablo, después de haber comparado la Iglesia a un organismo viviente compuesto de varios miembros con funciones diversas y complementarias, añade que existe "una vía mejor que todas" sin la cual tambièn los dones más perfectos son nada: el amor ("agapé").
Teresa exulta: "He encontrado finalmente mi vocación! Mi vocación es el amor! En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. Así seré todo y mi sueño será realizado".
Así la "pequeña Teresa", atravesando espiritualmente los estrechos muros del Carmelo, se pone "en el corazón de la Iglesia", haciendo suyas sus necesidades y angustias. Esto es cuanto Pio XI ha querido confirmar cuando en 1927 proclamó S. Teresa de Lisieux Patrona de las Misiones, al mismo plano del más grande misionero de los tiempos modernos, San Francisco Javier.
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En la medida en que las reflexiones teresianas se sucedían en la capilla del Ermitage, no podía escapar a nuestro pensamiento algún punto de acercamiento ideal entre la Santa carmelita, Teresa del Niño Jesús, y nuestro Giuseppe Moscati, "el Médico santo de Nápoles", médico clínico ilustre, científico y docente universitario, muerto en 1927 a la edad de 47 años.
De la correspondencia de nuestro Santo sabemos que fue muy devoto de S. Teresa de Lisieux, de quien tenía expuesto un gran retrato en su habitación, conservado actualmente en los "Salones Moscati" de la Iglesia del Gesù Nuovo (Nápoles). El cuadro lleva la siguiente inscripción: "Beata Teresa del Niño Jesús", por que fue adquirido después de la beatificación realizada en Roma el 29 de Abril de 1923, por obra de Pio XI.
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El 18 de julio de 1923, es decir pocos meses después de la beatificación de Teresa, Moscati hace referencia a una tentación de desánimo, superada gracias a algunas palabras de Teresa sobre este fenómeno y reportadas en la "Historia de un alma": "Hace pocos días leía en la autobiografía de la beata Teresa del Niño Jesús una frase hecha para mi: "También el desánimo, Dios mio, es pecado". Sí, es un pecado de soberbia, por que me hace creer que pueda haber aceptado la consideración de haber hecho grandes cosas! Cuando en realidad se ha sido siempre un siervo inútil" (las citaciones de las palabras de Moscati han sido tomadas del libro de A. Marranzini S.I.: Giuseppe Moscati, modello del laico cristiano di oggi, Roma 1989).
Algunas cartas suyas, escritas en Edimburgo en 1923, contienen referencias a la "Beata" carmelita. En la carta del 24 de julio de 1923 a su hermana Nina, Moscati le informa de haber visitado una iglesia des Jésuitas en la que "entré y encontré expuesta la imagen de la beata Teresa del Niño Jesús".
En otra carta, siempre fechada en julio de 1923, escribe así a la hermana: "He prometido a Miss Nasmyth de enviarle el texto francés de la beata Teresa. Es más, tu podrías enviárselo en mi nombre". Esto también por que Moscati se sentía obligado hacia Miss Nasmyth por la múltiples atenciones que le había hecho.
Al regreso de Edimburgo, nuestro Santo aprovecha una escala en París para escribirle a los familiares con este post-scriptum: "Aquí he encontrado terminadas las ediciones de la Vie de la bienheurese Thérèse etc.".
Otro testimonio de como la espiritualidad de S. Teresa del Niño Jesús ha influído en el ánimo de S. Giuseppe Moscati, lo tenemos en una carta que el Santo escribe el 7 de marzo de 1924. Moscati iba a Lecce casi todos los meses y habiendo conocido aquí a la hija del notario De Magistris, le había inculcado la devoción hacia la entonces Beata Teresa. Habiendo tenido noticia de la muerte precoz de la joven, Moscati escribe al padre estas conmovedoras palabras:
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"Tengo aquí, sobre mi mesita, entre las primeras flores de la primavera, el retrato de su hija y me detengo, mientras le escribo, a meditar sobre la caducidad de las cosas humanas!
Belleza, todo encanto de la vida pasa…
Queda eterno sólo el amor, causa de toda buena obra, que nos sobrevive, que es esperanza y religión, por que el amor es Dios. También Satanás intentó contaminar el amor terreno, pero Dios lo purificó a través de la muerte. Grandiosa muerte que no es fin, sino principio de lo sublime y de lo divino, frente a quien estas flores y la belleza no son nada!
Vuestro ángel, recogido en sus verdes años, como su dilecta amiga, encontrada en los últimos días, la beata Teresa, asiste a Ud. y a su madre desde el cielo".
Estas citaciones nos llevan a pensar que S. Giuseppe Moscati encontrase en la devoción a S. Teresa de Lisieux fuerza y consolación para vivir su vida interior, empeñada en una profunda unión con Dios y en la participación eucarística. Sus largos encuentros matutinos con el Señor en la Iglesia del Gesù Nuovo, o en la de Santa Clara, se configuraban como el centro de gravitación de sus jornadas extenuantes de trabajo y de dedicación a los enfermos, en quienes servía y amaba "la figura de Jesucristo".
El espíritu eucarístico del cual se nutría cada mañana Moscati, lo impulsaba a hacer de su profesión "un sacerdocio del cuerpo y del alma". Así se expresa en una carta de 1926: "Bienaventurados nosotros médicos, tan a menudo incapaces de alejar una enfermedad, bienaventurados nosotros si recordamos que además de los cuerpos tenemos en frente almas inmortales, divinas, por las cuales urge el precepto evangélico de amarlas como a nosotros mismos".
S. Giuseppe Moscati no nos ha dejado documentos escritos en base a los cuales se pudiese reconstruir la historia de su relación íntima con el Señor. Pero una nota suya, encontrada después de la muerte, nos hace comprender cúanto estuvo enamorado del Señor Jesús (casi eco fidelísimo del "amor hasta la locura" de S. Teresa de Lisieux): "Mi Jesús Amor, leemos en esta nota del 5 de junio de 1922, vuestro amor me hace sublime; vuestro amor me santifica, me orienta no hacia una creatura sino a todas las creaturas, a la infinita belleza de todos los seres creados a vuestra imagen y semejanza".
Nos parece escuchar la voz inspirada de S. Teresa del Niño Jesús, la "Santa del Amor", al leer este pensamiento de S. Giuseppe Moscati: "Ejercitémonos cada día en la caridad. No olvidemos de hacer cada día, es más, incluso cada momento, el ofrecimiento de nuestras acciones, realizando todo por amor".
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De nuestro Santo emanaba tal ardor de caridad evangélica que se transformaba en aquello que Pablo VI llamó "las florecillas del Profesor Moscati". A menudo, entre los enfermos, alguno encontraba un billete de alto valor bajo su almohada y no pocas veces el mismo Moscati proveía los gastos de las medicinas y de aquello que era necesario para los enfermos.
Para S. Giuseppe Moscati el Evangelio de la caridad, testimoniado cotidianamente, es inseparable del amor y del servicio a la verdad, come se lee en otra nota escrita por èl el 17 de octubre de 1922:
"Ama la verdad, muéstrate tal como eres y sin fingimientos y sin miedos y sin temores. Y si la verdad te cuesta la persecusión, entonces tu acéptala; y si el tormento, entonces tu acéptala; si tuvieses que sacrificar tu mismo y tu vida, entonces se fuerte en el sacrificio".
Este escrito, de puro sabor evangélico, encuadrado en el contexto socio-cultural en cual vivió y trabajó S. Giuseppe Moscati, lleno de positivismo y de incredulidad, delínea su identidad de hombre y de creyente: siempre listo a combatir la "buena batalla de la fe", a caminar en la verdad que es Cristo, quien hace al cristiano libre y victorioso sobre la mentalidad del mundo.
La búsqueda y el amor a la verdad, a través de las cuales se ha plasmado la personalidad humana y cristiana de Moscati, ha caracterizado el estilo de vida personal y comunitario de la "pequeña" Teresa, que durante su enfermedad repetía: "Yo me nutro sólo de la verdad" (Novissima Verba).
Una de las últimas palabras de Teresa, pocas horas antes de morir, el 30 de septiembre de 1897, son simples y verdaderas al mismo tiempo: "Me parece de haber buscado siempre sólo la verdad. Sí, he entendido la humildad del corazón". Esa "humildad, subraya von Balthasar, que está en el filo de la navaja, entre el abismo de la verdad y el abismo de la mentira; la humildad que no es una virtud, sino la convicción de no tener virtud, por que todo viene de Dios".
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