Filósofa
Filósofa, discípula y más tarde asistente de Husserl (1916-1922), condiscípula de los participantes en el círculo de Gotinga (Adolf Reinach, Hedwig Conrad-Martius, Roman Ingarden, Hans Lipps...), Edith Stein frecuenta también las clases de Max Scheler. Conocerá a Heidegger, sucesor de Husserl, y a Peter Wust, quien describirá su itinerario desde la filosofía al Carmelo, cuando Edith tome el hábito, el 15 de abril de 1934.
Escéptica ante el positivismo de la psicología experimental de Stern, Edith se siente atraída hacia la fenomenología por la concepción husserliana de la conciencia que emerge sobre el mundo y esparce sus significados, por la admiración de una realidad que suscita admiración, estimula el estudio, invita a "ir hacia las cosas" sin prejuicios, que "pone entre paréntesis" el ser, entendido en modo naturalista, y, por ende, toda forma de realismo que afirme la prioridad del ser sobre el pensamiento.
La fenomenología, que influenciará más tarde a buena parte del pensamiento moderno - de Scheler a Hartmann, de Sartre a Merleau-Ponty, Lévinas, Ricoeur... - fascina a Edith Stein, que ve en Husserl al "filósofo de nuestro tiempo", por la clarificación de la realidad que lleva a cabo, mediante un análisis de los procesos cognoscitivos en su apertura original, como reflexión sobre lo que aparece en el fluir de la conciencia, con la amplitud de un método de investigación no sólo gnoseológico y psicológico, sino también ético, que tiene aplicaciones incluso en la psiquiatría, especialmente en la logoterapia.
En 1917 la fe serena de la joven viuda de Adolf Reinach, caído durante la guerra, lleva a Edith "a su primer encuentro con la cruz... y [con] la luz de Cristo". En 1921, la lectura de la autobiografía de Teresa de Ávila la conduce de manera limpia y viva ante el Cristo-verdad.
Bautizada el 1 de enero de 1922, Edith, guiada por el Padre jesuita Erich Przywara, afronta el estudio de la philosophia perennis : primero Tomás de Aquino y después, en el Carmelo, Juan de la Cruz y Dionisio Areopagita.
Convertida al cristianismo al final de una búsqueda apasionada y ansiosa de la verdad, por voluntad de respuesta a las grandes preguntas sobre el hombre y su destino, que habían despertado en ella el deseo de no dejar inexplorado ningún problema existencial, atraída por el misterio de la persona y por la necesidad de un encuentro con la realidad que no esclavizase, sino que liberase al hombre, Edith Stein es la figura emblemática de
una búsqueda que, por amplitud de horizontes y rigor del método crítico, interesa a los creyentes como a los no creyentes, e invita a un compromiso firme, encarnado en la vida, con las grandes interrogaciones que se ciernen sobre ella.