Cristianos y Ebreos
Historia de las relaciones mutuas
Armando Gargiulo s.j.
Traducción de Rossano Zas Friz s.j.

La Iglesia ha realizado un cambio trascendental en relación al ebraismo, como religión y pueblo, en estos últimos cuarenta años, a partir del Concilio Vaticano II con la declaración Nostra aetate (n.4) de 1965. Efectivamente, este es el primer documento de la Iglesia Católica, oficial y solemne, que habla en modo amigable y no polémico con el ebraismo, instaurando un diálogo.

El impacto de esta postura de la Iglesia fue tan grande que el politólogo Norberto Bobbio sostuvo que la declaración representa "una verdadero cambio, mayor que la propia Reforma y de la misma Revolución Francesa".

Juan Pablo II, en un discurso del 6 de marzo de 1982, decía: "Habrá necesidad que esta enseñanza […] presente a los ebreos y al ebraismo […] en manera honesta y objetiva, sin ningún prejuicio".

Esto indica que durante siglos la actitud de los cristianos ha sido la opuesta. El Cardenal Edward Cassidy, Presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con el ebraismo, reconocía públicamente en septiembre de 1990: "El hecho que el antisemitismo ha ocupado un lugar en el pensamiento y en la práctica cristiana pide un acto de Teshuvà (arrepentimiento) y de reconciliación".

La necesidad de un "exámen de conciencia histórico" ha sugerido la realización del Coloquio tenido en el Vaticano del 30 Octubre al 1 de Noviembre de 1997 con la participación de 60 invitados, entre obispos, teólogos y expertos católicos, además de algunos representantes de otras iglesias cristianas. Se trató de las raíces del antijudaismo en el ambiente cristiano como una ayuda para el camino de la reconciliación, según el deseo expresado por Juan Pablo II en la Tertio millenium adveniente.

La polémica entre cristianos y ebreos en los primeros siglos

Jesús, ebreo y educado en la observancia de la Ley de Moisés, desarrolló su ministerio en tierra ebrea. Por su extraordinaria y original acción religiosa, por su "pretensión" de ser el Mesías, Hijo de Dios, fue hostilizado por la mayoría de los Jefes del Senedrín y condenado a la crucifixión por la autoridad romana.

Después de la muerte y resurrección de Jesús comenzó el movimiento de conversión a la nueva fe, precisamente en la ciudad-capital, Jerusalén, come testimonian los Hechos de los Apóstoles. Las primeras comunidades cristianas se difundieron sobre todo entre los ebreos, agrupados en Jerusalén en torno a las "columnas" de la "Iglesia de la circunsición": Santiago, Pedro y Juan, con alguna antipatia velada hacia los "helenistas" (Hechos 6,1) y especialmente para Pablo, acusado de poca ortodoxia a causa de su "universalismo".

Para las autoridades religiosas ebreas el cristianismo aparecía como una secta detestable al interno del ebraismo, con lo cual se produjo, como leemos en los Hechos de los Apóstoles, las primeras persecusiones: prendimiento de los Apóstoles; lapidación de Estebán; autorización a "conducir en cadenas a Jerusalén hombres y mujeres seguidores de la doctrina de Cristo"; asesinato de Santiago, hermano de Juan, por parte de Erodes Agripa I para congraciarse con los jefes; el mismo Santiago el Menor, por entonces jefe de la comunidad de Jerusalén, fiel observante de la ley, fue arrojado del Tempo y lapidado por instigación del Sanedrín (año 62).

Esta tensión encendida entre ebreos y cristianos repercutía al interno de las comunidades cristianas, entre los grupos "judaizantes" y grupos "helenizantes". Es quizás esta tensión interna la que se encuentra en los orígenes de las expresiones duras del Evangelio de Mateo (polémica antifarisaica, Mt 23,13), en el Evangelio de Juan (denuncia contra los "judíos" (Jn 8-9) y en algunos versículos de las cartas paolinas, como este: "[Los judíos] son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han perseguido a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres, impediéndonos predicar a los gentiles para que se salven; así van colmando constantemente la medida de sus pecados; pero la Cólera irrumpe sobre ellos con vehemencia" (I Tes 2,15-16).

Estas expresiones son enmarcadas en el contexto y se explican con el ardor de la polémica. "Debemos ser siempre vigilantes, comenta el Cardenal Martini, para no dar a estas afirmaciones relativas un valor absoluto. En cambio, la historia de la Iglesia, por muchos siglos, ha ido en otro sentido y las polémicas entre ebreos y cristianos se han hecho más agudas".

Con la conversión del emperador Constantino comienza un cambio radical en la situación de los ebreos, porque la controversia pasa del plano religioso al plano jurídico y político. El cristianismo se convierte en religión del Imperio y lentamente los cristianos de perseguidos se convirtieron en intolerantes y perseguidores.

Ciertamente los Padres de la Iglesia no nutrían un odio racial contra los ebreos. Su intención era preservar la fe cristiana de las contaminaciones del "judaismo" (usos y costumbres ligados a la ley mosaica), pero se dejaron llevar de polémicas exageradas y algunas veces violentas.

Así, san Juan Crisóstomo, para exortar las mujeres cristianas a no frecuentar la sinagoga, exclamaba: "La Sinagoga no es solamente lupanar y teatro, sino también cueva de brigantes y refugio de bestias feroces…". Y el mismo san Jerónimo (que debía mucho a los rabinos) osò escribir: "Si fuese lícito odiar a hombres y detestar un pueblo, el pueblo ebreo sería para mí el objeto de un odio especial, porque hasta hoy en sus sinagogas de Satanás persiguen al Señor Nuestro Jesucristo". Abundan en estos siglos los tratados "Adversus Judaeos" (Tertuliano, S. Cipriano, S. Agustín, S. Juan Crisóstomo).

La postura común de los padres de la Iglesia fue que los ebreos en cuanto pueblo fueron los responsables de la muerte de Jesús, y no Pilatos; de donde nació la acusación de "pueblo deicida". San Ambrosio hablaba de los judíos como de un "pueblo parricida" que continuaba a perseguir Jesús.

Si el pueblo ebreo era "deicida", toda su historia sucesiva es interpretada como "castigo divino", hasta la destrucción de Jerusalén, que sobreviene a los judios precisamente durante la Pascua. Así escribe Eusebio (265-340) en la Historia Eclesiástica: "La justicia divina se abatió entonces sobre los ebreos… haciendo desaparecer completamente esa generación de impíos de entre los hombres". El deseo de Eusebio parece ser que esa generación desaparezca completamente del género humano!

El "castigo divino" comporta el repudio de Israel como pueblo de Dios y su sustitución con la Iglesia: también ésta es convicción común entre los padres de la Iglesia, de Cirilo de Jerusalén a Agustín. Y comporta la pérdida de Israel del derecho a la propia tierra. Los ebreos deben permanecer esclavos por siempre en tierra extranjera!

Un eco de este "odio religioso" madurado en el corazón de los cristianos, son las terribles palabras pronunciadas por Bossuet, en 1652, en la catedral de Metz: "Dios los ha dispersado por toda la tierra… ellos llevan a todas partes impreso el signo de su venganza". Esta convicción se encuentra ya formulada repetidas veces en el Comentario a los Salmos de Casiodoro, redactado entre el 540-550. Para Casiodoro, los judíos (a los que llama frecuentemente "pérfidos", "privos de inteligencia", "pecadores en muchos modos") han perdido la propria identidad no solo religiosa sino también política, porque el apelativo "judíos" se predica correctamente solo de los "creyentes", es decir, de los cristianos y el derecho a su tierra pertenece ahora a la Iglesia de Cristo, "verdadera judía".

El derecho a la Tierra Santa y a Jerusalém pertenece a los cristianos: así afirma el franciscano Francisco Quaresimi en una obra publicada en Anversa en 1639. Y el Papa Pablo IV, en la bula Cum nimis absurdum del 1555, sobre este tema teológico de la necesidad de la subordinación política de los ebreos, deduce toda una serie de normas prácticas.

Otra consecuencia del "castigo divino" se considera la perdida de la capacidad intelectual, por lo cual los ebreos no están ya en condiciones de conocer la Escritura: habiendo rechazo Jesucristo han quedado "carnales", es decir, ligados al significado extrictamente literal, incapaces de percibir el sentido espiritual.

En el portal de la Catedral de Estrasburgo la Sinagoga es representada como una esposa repudiada y desolada, con los ojos bendados (signo de la ceguedad espiritual), junto a la Iglesia representada come esposa soberbia: en el Museo de la Diáspora, en Tel Aviv, se encuentran las dos mujeres de Estrasburgo conversando.

Leyes antijudías en regimen cristiano

Ya con el Emperador Teodosio II fueron dadas leyes antiebreas (438): a los ebreos les era prohibido acceder a cualquier encargo público, realizar cualquier proselitismo (con la pena de muerte!), construir nuevas sinagogas o embellecer las existentes. En el 338 S. Ambrosio se opone a la reconstrucción de la sinagoga de Calinico, destruída por los cristianos!

El Emperador Justiniano agravó estas disposiciones porque incluyó la prohibición del Talmud (548) y de la exégesis rabínica (fundada en los Targum, Midrash y la Mishna). Bajo el dominio del Islam los ebreos gozaron de condiciones jurídicas más tolerantes y favorables de aquellas a las que fueron sometidos en el occidente cristiano.

En el tiempo de las Cruzadas comienza la verdadera calamidad en la historia de la diáspora medieval. Millares de judíos fueron víctimas de los motines anti-judíos, en vano rechazados por las autoridades eclesiásticas.

Después llegarán las órdenes de expulsión en Inglaterra (1290), en Francia (1306), en España (1492), donde serán perseguidos hasta los judíos convertidos (marranos). En Roma se impone el regimen de ghetto (Bula de Pablo IV), es decir, un barrio en el que necesariamente deben vivir todos los judíos, rodeado de muros y con una sola sinagoga.

Se impone un signo di discriminación: un disco de tela amarilla en Francia, un sombrero de punta en Alemania que es impuesto también en Roma, además del ghetto. Se los excluye de una larga serie de oficios. A partir del siglo XII se desarrolla el estereotipo del "usurero" (que merecería una consideración a parte).

Conclusión

En este artículo no hemos tocado la moderna ideología del antisemitismo, una materia vasta que desemboca en el horror del Holocausto de los campos nazis. Pero de alguna manera hemos visto cómo en la epoca tardía del medioevo el odio por el pueblo ebreo se había ya definitivamente implantado en el corazón de los cristianos, y es un odio "cristiano" que no acabará pronto, ligado a la idea y a la imagen del pueblo "deicida".

En un artículo el Cardenal Martini concluye: "Podemos y debemos… como hombres y como cristianos, arrodillarnos delante de Dios y de las víctimas de tanto odio, perdir perdón del pecado del antiebraismo y del antisemitismo, alargar los brazos y abrir el corazón esperando en el abrazo de la reconciliación".

BIBLIOGRAFÍA:

- M. Pesce, Il cristianesimo e la sua radice ebraica, EDB, Bologna 1994.
- Il Regno (Documenti, 21/97): Commissione teologica-storica del Giubileo, pp. 686-688.
- E. Testa, La fede della Chiesa madre di Gerusalemme, EDB, Roma 1995.
- Carlo Maria Martini s.j., Di nuovo insieme fratelli ritrovati in Jesus 10/97.


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