S. Teresa de Lisieux
Doctor de la Iglesia

Giuseppe Samà s.j.
Traducción por Paz Guadalupe Prieto Martínez

"Algo sorprendente... S. Teresa de Lisieux
Doctor de la Iglesia" (Juan Pablo II)

"S.Teresa de Lisieux de hoy en adelante será honrada Doctor de la Iglesia" (Juan Pablo II)

Hace un año - exactamente el domingo 19 de octubre de 1997 - la plaza de S. Pedro estaba de fiesta: era el escenario de un gran acontecimiento religioso. Miles de personas, provenientes de todo el mundo, se han recogido, en un edificante silencio, para escuchar al Santo Padre Juan Pablo II, que en la omilia de la Santa Misa ha dicho textualmente: "A ninguno se nos escapa que hoy se está realizando algo sorprendente, S. Teresa de Lisieux no fue a la universidad ni tuvo alguna clase de estudios. Murió muy joven, pero aún así, de hoy en adelante será honrada Doctor de la Iglesia, alto reconocimiento que la realza sobre la comunidad cristiana mucho más de lo que pueda hacer un título académico".

He aquí la grandeza, reflejo del asombro bíblico por las "maravillas" de Dios. Entre los Doctores de la Iglesia -que a lo largo de los siglos hacen un total de 33- Santa Teresa del Niño Jesús es la más joven, y viene también reconocidacomo experta de "teología sapiencial" (termino usado por el Papa), cuya fuente es el amor: autentico ágape hacia Dios y hacia el hombre.

Se nos permita hacer un breve recorrido histórico. El jesuita P.Gustave Desbuquois, ya en 1932, con una argumentación teológica clara y precisa, había entrevisto en la Santa carmelitana (canonizada en 1925) un Doctor de la Iglesia: fue una proposta a la que aderieron muchos obispos y teólogos, con ocasión de un congreso Teresiano.

La redacción del P. Desbuquois fue presentada a Pio XI, pero el tiempo no estaba maduro para declarar Doctor de la Iglesia a una mujer. El obstaculo fue más tarde superado por Pablo VI cuando proclamó a S. Caterina de Siena y a S. Teresa de Ávila doctores de la Iglesia.

"La ciencia del amor divino"

A este punto no queremos evitar una pregunta que seguramente pasa por la cabeza de no pocos fieles y estudiosos de teología: ¿cuales son los motivos que justifican la concesión del título de Doctor de la Iglesia a S. Teresa del Niño Jesús? En otras palabras: ¿este título tan poco frecuente y prestigioso se adecua verdaderamente a la sencillez de la "pequeña Teresa"?

En la Carta apostólica "Divini amoris scientia" (DAS), promulgada el 19 de octubre de 1997 -contemporaneamente al rito litúrgico del Doctorado- Juan Pablo II señala en los escritos de S. Teresa de Lisieux un punto de referimento imprescindible para captar los aspectos fundamentales de la "majestuosa doctrina" que justifican la atribución del título de Doctor de la Iglesia. Es verdad: los escritos teresianos no ofrecen una doctrina sistemática, formalmente científica en ámbito teológico, pero evidencian "un particular carisma de sabiduría" por medio del cual la joven carmelitana se siente instruida por el Señor Jesús, llamado por ella "Doctor de Doctores" (Manuscrito A, 83 v°), del que recoge las verdades del Evangelio, en particular "la ciencia del amor divino".

Teresa escribió el 8 de septiembre de 1896: " Yo siento dentro de mi la vocación de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir, [...] A pesar de mi pequeñez querría iluminar a las almas como los profetas, los doctores" (Manuscrito B 2v°-3r°). Reflexionando sobre los capítulos 12 y 13 de San Pablo a los Corintios, intuyó -bajo la acción del Espíritu Santo-que "el Amor encierra todas las vocaciones. [...]Entonces, en un ecceso de alegría delirante he exclamado: "¡Jesús, Amor mio, he encontrado finalmente mi vocación! Mi vocación es el amor [...], en el corazón de la Iglesia, mi madre, seré el amor" (Manuscrito B, 3 v°).

Teresa de Lisieux en 1896

En la escuela de Jesús, con la asistencia espiritual del jesuita P.Almire Pichon, la santa carmelitana asimila "la ciencia del amor divino", que es "un don concedido a los pequeños y a los humildes, para que conozcan y proclamen los secretos de Dios escondidos a los doctos y sapientes" (DAS). En sus reflexiones, iluminadas por una profunda pasión por la Sagrada Escritura (en sus escritos se cuentan mas de mil citaciones bíblicas), Teresa de Lisieux recoge las verdades fundamentales de la fe en el descubrimiento del Amor misericordioso, en la contemplación del Corazón de Dios, que "es más tierno que el de una madre" (Manuscrito A, 80 v°)

De los textos de Isaías, del Evangelio y de S. Pablo se proyecta sobre el camino espiritual de Teresa este sugestivo anuncio: Dios es Amor; cada hombre es amado por Dios con un amor embebido de ternura materna. A este amor paterno-maternal de Dios tiene que correspondes nuestro amor de hijos, impregnado de confianza y de abandono total en Él, porque "el amor se paga sólo con el amor" (Manuscrito B, 4r°)

Así, librándose de viejos miedos del jiansenismo dominante en aquella época, y lanzándose por el camino que lleva al Amor misericordioso, visible en el corazón del Hijo, Jesús, Teresa puede desvelar este camino en tres manuscritos autobiográficos, editados con el título de Historia de un alma, y en los otros escritos. Es la via de la infancia espiritual " que todos pueden practicar, porque todos están llamados a la santidad" (DAS, 6). Pero no es un camino fácil: no favorece la inercia ni anima a la pasividad, sino - al contrario - es un crecer en la fe, es potenciar las virtudes evangélicas, es dinamismo interior que se traduce en acción, en testimonianza.

Un mensaje siempre actual

Los Romanos Pontifices - desde S. Pio X hasta Juan Pablo II - no sólo han reconocido la santidad de la carmelitana de Lisieux, sino que han puesto en resalto la doctrina eminente, y al mismo tiempo accesible, que ha anticipado algunas intuiciones importantes del Concilio Vaticano II, como, por ejemplo, el redescubrimiento de la Palabra de Dios, el primado de la caridad, el renovamento de la eclesiología y de la mariología.

Es significativo lo que escribe Juan Pablo II: "La influencia del mensaje teresiano ha llegado a hombres y mujeres cuya santidad, o heroicidad en las virtudes, ha sido reconocida por la Iglesia, pastores de la Iglesia, cultivadores de la teología, sacerdotes, religiosos, movimientos eclesiales, hombres y mujeres de todos los tiempos. Teresa lleva a todos su personal conferma de que el evangelio, del que ella da testimonianza y es "apóstol de apóstoles", tiene que cogerse al pie de la letra, con el mayor realismo posible, porque tiene un valor universal en el tiempo y en el espacio". (DAS, 10).

La coerencia total en S. Teresa entre Evangelio y vida, entre doctrina y praxis, explica en gran parte la duradera incidencia de su mensaje entre hombres y mujeres de nuestro tiempo marcado por el triste fenómeno de la secularización y del indiferentismo religioso.

El Espíritu Santo dona a nuestro tiempo, sobre todo a muchísimos jóvenes a los que falta el sentido de la vida, esta joven carmelitana como testimonio de una fe valiente y puesta a la prueba, como interlocutora apasionante para creyentes y no creyentes. A estos ultimos, sobre todo, Teresa se siente muy cercana, porque -como ella misma nos dice- se ha sentado "a la mesa de los pecadores", (Manuscrito C, 6 r°), experimentando el "silencio de Dios", "la noche oscura de la fe": la sensación de la inutilidad de todo: una tremenda prueba sufrida en los últimos 18 meses de su vida, en los que ella aprendió lo que significa creer y permanecer fiel al "Dios de la esperanza, que nos llena de felicidad y de paz en la fe" (Rm 15, 13).

La actualidad del mensaje teresiano es también la revalorización de la misión de la mujer

Mientras la Iglesia se encuentra hoy a afrontar el formidable empeño de la nueva evangelización, Teresa, que vivió "en el corazón de la Iglesia", nos recuerda los medios insustituibles que tenemos que usar, si no queremos que todo se reduzca a un árido activismo. Ella reivindica en sus escritos el primado absoluto de Cristo, del que desea hacer viva experiencia existencial, interiorizada en la oración, para amarlo y hacer que lo amen "hasta la locura", para imitarlo paso a paso y dejarse llevar hacia Él en el inmenso misterio de amor que es la vida misma de la Trinidad.

Algunos meses antes de morir, la Santa se exprimía así: "Tu amor, Jesús, ha crecido conmigo y ahora es un abismo del que no llego a percibir toda la profundidad" (Manuscrito C, 35 r°). Con todo su ser, Teresa se lanza en este abismo sin fondo, donde el Espíritu le ayuda a descubrir el secreto, para que de testimonio, el Evangelio de la Caridad, en el contexto comunitario del Carmelo: "Cuanto más estoy unida a Jesús más amo a todas las hermanas" (Manuscrito C, 12 v°).

Otro hecho que da actualidad al mensaje teresiano es la revalorización de la misión de la mujer. Si la mujer está llamada a ser un "seño de la ternura de Dios hacia el género humano" (Vita Consacrata, 57), la santa de Lisieux muestra a la Iglesia y a la sociedad moderna que lugar tiene el "genero femenino".

En el señalar tres características de la figura de Teresa, el Papa escribe en la Carta ya citada:"es una mujer que, acercandose al Evangelio, ha sabido captar las riquezas escondidas, con la concreteza y profunda resonancia que es propia del genio femenino [...].

Teresa es una contemplativa: su vida es una vida escondida que posee una arcana fecundidad debido a la dilatación que ha tenido en ella el Evangelio, y llena la Iglesia y el mundo del buen olor de Cristo. Teresa, en fin, es una joven que habiendo llegado a la santidad en plena juventud, puede iluminar los senderos de los jóvenes, a los que corresponde ser testimonio del Evangelio ante las nuevas generaciones [...].

Teresa es Maestro para nuestro tiempo, sostenidos por palabras vivas y esenciales, de testimonianzas heroicas y creibles. Por esto es amada y acogida por hermanos y hermanas de otras comunidades cristianas y hasta de quien ni siquiera es cristiano" (DAS, 11).

De veras "la pequeña Teresa" - que PioXI, el 11 de febrero de 1923, definió "una Palabra de Dios para el mundo" - no acaba de asombrarnos. Desde el corazón de todos los creyentes, en comunión con el Papa, surge espontaneo el Magnificat de agradecimiento al Señor por "la sabiduria que ha dado a S. Teresa del Niño Jesús, por el amor que ha versado en ella y que continua a iluminar y calentar los corazones, empujándoles a la santidad" (Homilía de Juan Pablo II del 19 de octubre).


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