Ludovico De Casoria, Catalina Volpicelli, José Moscati y
la iglesia de las Sacramentinas en Nápoles - I

Alfredo Marranzini s.j.

[Traducción de las Monjas Adoratrices Perpetuas]

Circunstancias particulares relacionan la iglesia de S. José de los Rufos, comúnmente denominada, en el siglo pasado, como Iglesia de las Sacramentarias o de las Sacramentinas con tres insignes modelos de santidad: Ludovico Palmentieri (nacido en Casoria el 11 de marzo de 1814 y muerto en Nápoles el 30 de marzo de 1885), beatificado por Juan Pablo II el 18 de abril de 1993. José Moscati (nacido en Benevento el 25 de julio del 1880 y fallecido en Nápoles el 12 abril de1927), canonizado por Juan Pablo II el 25 de octubre de 1987. Catalina Volpicelli (nacida en Nápoles el 21 de enero de 1839 y muerta allí mismo, el 28 de diciembre de 1894), a la cual Pio XII proclamó la heroicidad de sus virtudes el 25 de marzo del 1945. Su beatificación se encuentra en acto de proceso, ya que se le atribuye su intercesión en un milagro. Ahora ya se ha reconocido como válido, por lo que se deberá determinar su beatificación, (Fue beatificada por Juan Pablo II el 25 de abril de 2001).

Antes de indicar los acontecimientos que se han verificado en aquella iglesia, que fueron decisivos por la inquietud a la santidad de estos tres insignes exponentes de la Iglesia de Dios en Nápoles, he aquí algunos datos sobre el Templo en cuestión, (1) en la placeta que se encuentra a la izquierda del que sube la calle de la catedral, propio en el cruce de la antigua calle que atravesaba dal este al oeste la ciudad romana, la parte superior del centro histórico.

Riqueza de la historia y del arte

En el 1604, las damas napolitanas Casandra Caracciolo, Ipolita y Catalina Rufo, Catalina Tomacelli y otras, sintiéndose inspiradas para consagrar su propia vida al Señor, siguiendo el ejemplo de S. José y aconsejadas por un Padre del oratorio, compraron al Príncipe de Avellino el palacio Arcella, junto al Escudo Capuano, y otras casas vecinas, que después se adaptaron como monasterio, con una pequeña iglesia dedicada a S. José. El 15 de diciembre del 1607 obtuvieron de Pablo V el decreto de la confirmación del Monasterio, que fue puesto bajo la jurisdicción del Arzobispo Octavio Acquaviva, con la obligación de cumplir los votos según la regla de S. Agustín y bajo el título de San José de los Rufos, en cuanto que la familia de los Rufos de Bañara, además de conceder la primera orden religiosa, habían contribuido abundantemente a la construcción de la Obra.

Pocos años después, en el 1611, fue destruido el Monasterio de Santa. Maria de los Ángeles, que se encontraba en el cruce de la antigua calle que atravesaba dal este al oeste la ciudad romana. Las pocas monjas supervivientes se unieron a las de la Consolación, a las de Magdalena y a las de S. Jerónimo, mientras que la propiedad pasó al Cabildo de la Catedral. Las monjas agustinianas, deseaban un lugar más idóneo. Enseguida compraron este edificio por un precio de 12.200 ducados y a la iglesia le dieron el nombre de S. José de los Rufos. En el 1669 empezaron los trabajos de construcción de la nueva iglesia, según los diseños de Dionisio Lazzari, los cuales se interrumpieron en el 1674 por una disputa, abierta en la Santa Sede por las monjas de Donnaregina, las cuales querían evitar que el nuevo edificio permitiera la introspección en el ámbito de la clausura.

Una vez resuelto el desacuerdo y reanudada la construcción, Lazzari realizó sólo el implanto estructural y el altar mayor con su fondo, para poder conseguir la inauguración de la Iglesia en 1682. Sin embargo, el paramento del altar y el tabernáculo fueron hechos de nuevo en nuestro siglo. El templo está ordenado y compuesto de una nave en cruz latina, seis capillas laterales, un coro sobreelevado por encima del presbiterio y abierto hacia él mismo con un gran arco. Al discípulo de Lazzari, Arcángel Guglielmelli, se le debe la fachada, siendo arquitecto de las agustinas en 1689, caracterizada por un pórtico, en el cual se desarrollan las escaleras según una tipología frecuente en la arquitectura barroca napolitana. La Iglesia presenta una serie de altares y descansos de mármol, que responden a los varios momentos del arte del mármol napolitano empleado en los últimos tiempos del barroco al rococó y al clásico del final del Setecientos. Obras de notable nivel técnico, ideadas por célebres arquitectos y seguidos de hábiles marmoleños, confieren a la capilla, al crucero y al ábside un tono de rica fastuosidad y color. Así también el altar mayor, ideado por Lazzari y mandado hacer en su taller, presenta un barroco muy denso, con giros vegetales, vasos de flores y otros ornamentos hechos con mármol, madreperla y piedras duras con fondos negros. El coronamiento del fondo fue terminado en el 1733, cuando Mateo Bottiglieri esculpió dos querubines pequeños y las estatuas de la esperanza y de la caridad.

El influjo de Cosimo Fanzago se nota sobre el altar del crucero izquierdo, adornado con mármoles empleados y esculpidos por Juan Domingo Vinaccia, el cual lo proyectó y le confirió un carácter del más vibrante y refinado naturalismo. Las admirables estatuas barrocas de los santos Pedro y Pablo, atribuidas en el pasado al taller de Pedro y Bartolomé Ghetti, ejecutores del complejo, se remontan a José Sanmartín. De Lucas Giordano es la tela de la Trinidad con San Agustín y otros santos situados en la parte baja. El altar del crucero derecho, con la cornisa incompleta, fue diseñada por Arcángel Guglielmelli que, empleando madreperla, piedras preciosas y terminaciones de cobre dorado, quiso crear una decoración basada sobre el continuo repetir de un mismo motivo vegetal.

Al principio, la tela de Andrés Malinconico dominaba el altar representando a la Virgen con S. Felipe Neri, cuyos padres del oratorio dirigían espiritualmente las monjas agustinianas. Después, en su lugar, fue colocada la tela de la Sagrada Familia del pintor manierista de ámbito romano, Cristóbal Roncalli, predominando el naranja dulce. Dicha tela la realizó para el altar mayor hacia el 1607 – 1611, y se conservó hasta el 1870, cuando – como apunta Genaro Aspreno Galante (2) – “ fue colocado un gran trono donde no había otra cosa que calcular sino la piedad de los fieles, que donaron una fuerte cantidad de dinero, mas no tenía ningún prestigio artístico".

En la segunda capilla a la derecha, sobre el altar de mármol, con bonita prospectiva, domina la tela de Santiago Farelli, llamado S. Rufo, patrón de la familia Rufo. La capilla fue erigida por Fabricio Rufo de los duques de Bañara, que, como recuerda la lápida esculpida, mitad en una banda del altar y mitad en la otra, nació en el 1619, fue elegido prior de Bañara en el 1641 y después de Capua e infligió graves pérdidas a la flota turca, siendo capitán general de las galeras en Malta.

Mármoles de gran valor se ven en la segunda capilla a la izquierda con el Crucifijo de José Marullo, donde altar y cornisa, levantados en el 1770, presentan formas del más genial rococó napolitano. Poco anterior (1759), pero más avanzado en sentido clásico, sobre el acompañamiento de la cultura di Vanvitelli, es el altar proyectado por Nicolás Carletti la primera capilla, a izquierda de quien entra, reestructurado, como se lee en la lápida del pavimento, a cargo de la marquesa de Bañara, Octavia Rufo, y dedicada a Santa María del Olivo o Santa María de las Gracias y que atraerá particularmente la devoción de S. José Moscati (3).

La iglesia está coronada por una cúpula con frescos que representan la Gloria de S. José, realizados en el 1741 por Francisco De Mura, mientras que los Doctores de la Iglesia Latina, en los trotones de abajo, son de Pablo De Maio.

Las Adoratrices perpetuas del SS. Sacramento de Nápoles

En el 1812, la condesa de Acerra María Josefa Cardines, legó para la obra de Sor María Magdalena de la Encarnación (Catalina Sordini, nace en Puerto S. Esteban el 16 de abril de 1770 y muere en Roma el 29 de noviembre del 1824), un vitalicio de 1.200 ducados anuales, para que fundaran en Nápoles una casa de su instituto. Como la cantidad no era suficiente, en el 1820 el caballero José Buonocore obtuvo del Rey Francisco que se estableciera para la nueva fundación, aparte del legado de la Condesa de Acerra, otras ofertas espontáneas, alcanzándose no solo el vitalicio de 2.400 ducados, sino también el Monasterio de S. José de los Rufos y se le transfiere a las pocas Agustinianas que quedaban en el Monasterio de la Cruz de Lucca o de S. Juanillo. El 4 de octubre del 1828 llegaron a Nápoles las primeras Adoratrices, M. Josefa, M. Serafina, M. Verónica y M. Inés de Roma, hija del capitán de la guardia Suiza, con el sacerdote Antonio Baldeschi, que se convirtió en director espiritual de la nueva casa. Desde el 8 de diciembre del 1828 hasta el día de hoy el Santísimo Sacramento ha quedado siempre expuesto en el altar mayor atrayendo innumerables adoradores de toda clase. Encontrándose Pío IX exiliado en Nápoles, visitó la iglesia y el Monasterio el 1 de octubre del 1849.

El "nuevo bautismo" de Ludovico de Casoria

Arcángel Palmentieri, tercer hijo de una familia modesta y trabajadora de Casoria, después de un breve aprendizaje como seminarista, entró el 17 de junio de1832 entre los Frailes Menores Reformados asumiendo el nombre de Ludovico, y después de haber hecho el noviciado en el Convento de S. Juan del Palco de Taurano, en el verde valle de Laurel (AV) y acabados los estudios en los institutos de S. Antonio de Afragola, de S. Ángel de Nola y de S. Pedro en Aram de Nápoles, fue ordenado sacerdote en 1838. Hasta 1847, su vida sacerdotal transcurre tranquila en oración, estudio y enseñando filosofía, física, química y matemáticas, disciplinas por las cuales muestra una cierta preferencia. Se deleita construyendo figuras geométricas, en hacer experimentos químicos para verificar las leyes que regulan la composición o la descomposición de la materia y es, en el sentido de seguir un retrato en daguerrotipo, precursor de la fotografía.

Podemos verificar que hacia el año1847 tuvo lugar – como cuenta el Card. Capecelatro (4) - “uno de esos cambios no más cierto que aquél de San Agustín, que rompió las cadenas de la esclavitud moral, en las cuales los vicios lo habían atado; y ni siquiera como aquél de S. Pablito de Nola, que se disolvió del vínculo de todo lo mundano para reconducir una vida de perfección. Pasó, sin embargo, de la vida modesta y buena de un fraile a la vida heroica de un nuevo apóstol de la caridad y de la pobreza”.

Se estaba manifestando en el joven P. Ludovico un deseo al principio más bien confuso de mayor perfección, después más intenso e insistente, a tal punto de empujarlo a orar por más tiempo y más ardientemente de lo usual. Cuando salía de casa, le gustaba recogerse en la iglesia de las sacramentinas para adorar el SS. Sacramento allí perennemente expuesto. Un día, mientras estaba absorto en la oración, se agita, palidece, pierde el sentido y cae como aturdido al suelo. Acuden los que estaban cerca y tratan de levantarlo y reanimarlo. Muy aprisa P. Ludovico se reprende y sin necesidad de ayuda regresa tranquilo al Convento. Qué cosa haya sucedido en su interior no lo sabemos, no obstante, años más tarde, él dijo más veces “a varios amigos que aquél había sido el día y la hora de su “lavado”: palabras que a quien lee parecen oscuras, pero no fueron oscuras para nosotros que lo oímos varias veces de sus labios. Quería, con aquel modo suyo un poco parabólico, significar que, como el bautismo había sido para él lavado e inicio para el camino del bien, así el misterio sucedido dentro de él en el momento que cayó aturdido al suelo, le había sido lavado e inicio a la vida de perfección. En fin, le parecía ser, en tal caso, como rebautizado por una nueva vida totalmente celestial, y sintió dentro de sí una luz y una fuerza, que le hicieron vencer todas las precedentes dudas y decirse con firme voluntad: desde este momento serán ley de... mi vida las palabras de Jesús “sed perfectos como es perfecto mi Padre celestial”..

A pesar de la forma un poco superada, he querido referir este pasaje del Capelelatro (5) porque él lo ha recogido sustancialmente de los recuerdos del Fraile Ludovico de Castelplanio de Jesi, enfermo acogido por el P. Ludovico en el Convento de la Palma (6). Se trata por lo tanto de un testimonio directo del “lavado” con el cual el Espíritu encaminó a Ludovico decididamente hacia la santidad heroica y lo llamó al apostolado social, que significó lectura más rigurosa del Evangelio, comparación con la miseria de las clases populares y estímulo a soluciones inéditas y arduas a favor de los pobres y de los humildes de todas las edades y raza.

A este “lavado”, Ludovico responde con fidelidad y constancia. Por eso pudo escribir en su Testamento: “... Yo no pedía a Dios, por desahogar mi alma, el éxtasis, el secuestro, las visiones, sino por el trabajo, las obras, la fe, la salvación de las almas. Pedía en la oración ardor en el actuar, amor de Dios en las luchas, en los trabajos, en las angustias, en las contradicciones, y he exclamado siempre: Oh amar, oh morir de amor” (7).

El Beato Ludovico de Casoria
(1814 - 1885)

Ludovico de Casoria y Catalina Volpicelli: dos almas orientadas al Corazón de Cristo

Entre Ludovico de Casoria y Catalina Volpicelli hubo comunes ideales, providencial correspondencia de trabajo y, aunque caminando – como le decía el Beato- “Tú por un camino, y yo por otro” (8) - estrecha colaboración, sobre todo, para la difusión del culto al Corazón de Jesús. En la vida de ellos, personas y lugares hacen pensar en un plan divino para hacer resaltar en ambos la acción de la gracia y la complementariedad de su específica misión. La iglesia de las Sacramentinas, donde un “lavado” inexplicable ha hecho de un franciscano común el apóstol de la caridad dispuesto a aliviar toda miseria y dolor, ha constituido también para Catalina un polo de atracción.

La joven de veinte años, que ya ha sellado su Amor a Cristo con un voto temporal de castidad, es víctima de dudas angustiosas sobre el porvenir que debe seguir. El amor a la Eucaristía la lleva a menudo con su madre, a la iglesia de S. José de los Rufos, donde el SS. Sacramento está perennemente expuesto. Desde las rejas, la vista de la más estrecha clausura le da el sentido del absoluto, a la cual desde siempre se sentía inclinada. Ya se ve en la soledad del claustro dedicada totalmente a la adoración y a la reparación, y la observación de las reglas le parece una garantía contra la propia voluntad y la fascinación del mundo.

En un periodo de crisis ha imaginado las dulzuras de amor divino que, sobre todo en las horas nocturnas, las religiosas sacramentinas habrían gustado a los pies de su Esposo Sacramentado. Se siente llamada a aquel Instituto y habla a sus padres que, sin oponerse abiertamente, juzgan a la hija demasiado joven y frágil de salud. Por deseos de sus seres queridos, Catalina visita varios conventos. Examina la vida en ellos y estudia las constituciones. Dudas y remisiones minan su salud, que empeora aún más cuando se insiste en que no debe pensar más en las Adoratrices. El doctor Capobianco, convencido de que estas oposiciones influyeran con tanto peso sobre ella, ruega a su padre que la deje libre de seguir su propia vocación.

El mismo P. Ludovico está también convencido de que Catalina sea idónea, no para el claustro, sino para el apostolado en el mundo, donde llegaría a ser “pescadora de almas” (9)Para liberar su espíritu de tantas luchas sin resultado para decirle al padre: “deje que vaya también con las Sacramentinas, pues no se arrepentirá” (10). Este se convenció y dio su consentimiento; la alegría vuelve al rostro de Catalina y su salud mejora. La convalecencia es lenta y la espera habría sido aún más larga si un episodio imprevisto no hubiera intervenido para romper toda demora. El 13 de mayo del 1859, durante una gira hecha con sus primos a Massalubrense, Catalina visita a las monjas carmelitanas. El claustro la sugestiona, la superiora habla de la vida contemplativa de las religiosas y abre la puerta de la clausura para permitir a los visitantes curiosos dar al menos una ojeada al interior. Catalina siente un impulso interior, salta dentro y no quiere salir más, a pesar de las fuertes insistencias de los primos. Por medio de ellos, envía a la hermana Clementina una carta rogándole persuadir a sus padres y, al mismo tiempo, promete que, con el permiso de la superiora, se quedaría de prueba un mes como máximo y después tomaría la decisión definitiva ( 11).

Imagen de la Virgen del Buen Consejo,
en la iglesia de las Sacramentinas en Nápoles.

Los primos, sorprendidos y cohibidos, advierten rápido a los parientes y al mismo obispo de Sorrento, Francisco Javier Apuzzo, el cual manda primero a su secretario y después va él mismo para convencerla a regresar en familia, pero fue en vano. Pedro Volpicelli, torpe, envía a Massalubrense al hijo Vicente con el barnabita, Leonardo Matera, confesor de Catalina. Ésta, fuertemente agitada, después de mucha resistencia, cede y aparentando aire de desenvoltura, afirma: “He probado por lo menos por un día como se está en el Monasterio” (12).

Los padres, para poner fin, apresuran las prácticas para su ingreso entre las Adoratrices Perpetuas de S. José de los Rufos. Aconsejado del prudente P. Matera, de evitar emociones y llantos y el 28 de mayo de 1859, sin antes avisar a los familiares, Catalina sale como de costumbre para ir con dos señoras amigas a la misa y “ con el corazón despedazado por la separación” (13) entra en el Claustro, pero se quedará poco menos de siete meses.

Después de los incontenibles llantos de los primeros días, en la fiesta de Pentecostés, se serenó y daba la impresión de haber encontrado su camino. En una carta muy afectuosa a los suyos abre una rendija de sus disposiciones más íntimas y más adherentes a la realidad: "Sea mientras tanto tranquila vuestra alma, conociendo que yo he entrado en la religión, porqué siento y veo que esta sea la voluntad de Dios y que, no deseo otra cosa más ardientemente que el conocer el seguimiento de la Divina Voluntad, yo también estaría dispuesta a regresar a casa si conociese que Dios quiere de mí el solo sacrificio de corazón y no real. Orad pues al Señor, que manifieste su voluntad en estos años de experiencias" (14).

Los primeros meses maduran en Catalina las disposiciones de una donación total a Dios, definitiva e incondicionada. Ella está convencida de haber "encontrado el todo y solo deseado en Jesús Sacramentado" (15). Surge así, un modelo de exactitud, caridad y serenidad. Recogida y solícita, vuela feliz apenas los toques de la campana la invitan a la adoración del Cristo Eucarístico, ya sea de día como de noche. Sin embargo, después de pocos meses, empieza a estar mal y debe estar casi todo el tiempo en cama. Las hermanas, edificadas por su conducta, hacen de todo por curarla y están dispuestas a pedir, para ella, a la S. Sede la dispensa al coro y a la adoración nocturna. Catalina sin embargo declara que no habría jamás aceptado de hacer “la monja a mitad” y el 23 de diciembre del 1859, después de aconsejarse con el P. Cercià que ya la había guiado para entrar, está de nuevo en casa. La experiencia, durada seis meses y veinticuatro días, no ha sido inútil, porque la ha llevado a la madurez humana y cristiana que a los veintiún años aún le faltaba.

El silencio, las largas adoraciones eucarísticas le han ayudado a reflexionar con libertad interior, sin los contrastes que habían provocado tantas reacciones. Los días transcurridos en la soledad de la celda, privada también de la presencia del SS. Sacramento. Le venían a la mente las advertencias del P. Matera, del P. Ludovico y de sus familiares y que ella no había querido escuchar. Se daba cuenta de que, además de la recta intención, se requiere la prudencia y la docilidad. Ella misma reconoce: "el Señor...me hizo apreciar el valor de la santa obediencia, haciéndome entender cómo también me quería más sometida en los ejercicios de piedad y obras de caridad" (16).

Catalina, humillada porque no obstante su puntillosa constancia se ve obligada por sus condiciones de salud a regresar con la familia, encuentra paz en la conciencia de la propia rectitud. “La corta morada en el monasterio fue también gracia especial del Señor, porque me fue clara la divina voluntad y fui exenta de todo temor de no haber respuesta a la vocación, así que mi conciencia fue tranquilizada” 17).

El P. Ludovico, que no es ni el confesor de Catalina ni su Padre espiritual, sino que se considera sólo “el primer amigo de su familia”, le señala ahora el camino de la plena adhesión a la cruz, porque "nosotros no amaremos jamás el Corazón de Jesús si no lleváramos las llagas de Cristo en el alma y en nuestro cuerpo...es mejor estar siempre en la llaga de Cristo que en el santo paraíso, por lo que el sumo amor no busca reposo, su reposo es Cristo Crucificado. Mientras que el alma...no se trasforma en Jesús Crucificado, no encuentra paz; su gozo no es gozar; su gozar es el abandono, el desprecio, la pobreza... El Corazón de Jesús es dulzura para las almas juveniles débiles, para los principiantes en el camino del Señor. Pero aquellos que quieren subir y subir a lo grande deben crucificar la carne y el espíritu" (18).

P. Ludovico, a pesar de estar siempre en su lugar con la máxima discreción, se sentirá siempre unido a Catalina para estudiar "el amor del Corazón de Jesús, el amor a la persona de Cristo, el amor del amor de Cristo" ” y para realizar aquella que llama "la obra tuya y mia" (19): propagar el culto al Sagrado Corazón.

Notas

1. Sobre la historia y las obras de arte de la Iglesia de S. José de los Rufos, cf.: Fr. Ceva Grimaldi, Memorias Históricas de la ciudad de Nápoles, Nápoles 1857, pp. 417; 523-529; C. Celano, Noticias de lo bonito de lo antiguo y del curioso de la ciudad de Nápoles, II, Nápoles 1856, pp. 658-663; G. A. Galante, Guía sagrada de la ciudad de Nápoles, Nápoles 1967, pp. 74-75; Nápoles guía Sagrada. Guía a las Iglesias de la ciudad, Nápoles 1993, pp. 126-128.
2. Galante, op. cit., p. 75.
3. Sobre la pared derecha de esta Capilla, una lápida recuerda los méritos de José Buonocore, que tanto se afanó para la venida de las Sacramentinas a Nápoles, y sobre la pared izquierda otra lápida elogia Mons. Gabriel Gravina, Capellán Mayor del rey Fernando I, que fue un gran devoto de la Virgen del Olivo y benefactor de las Sacramentinas.
4. A. Capecelatro, La vida del P. Ludovico de Casoria, ed. 2° Desclée, Roma 1893, p. 37.
5. Ib., p. 42.
6. Ib., p. 38, n. 1.
7. Ib., p. 749.
8. P. Ludovico de Casoria, Epistolario ed. G. D'Andrea, Nápoles 1989, carta N. 264.
9. M. Jetti, Catalina Volpicelli Institutriz de las Esclavas del S. Corazón, I, I, Nápoles 1900, p. 107.
10. Proceso apostólico 1945, "Summarium Additionale", p. 49.
11. La carta ha sido devuelta por Jetti, C. Volpicelli, I, pp. 108-109.
12. En Jetti, op. cit., p. 110.
13. Ib., p. 112.
14. Carta de C. Volpicelli a sus padres del 28 de mayo, en Jetti, op. cit., p. 144.
15. Carta de C. Volpicelli a la cuñada del 4 de junio del 1859, en Jetti, op. cit, p. 116.
16. Reportado da C. Conti Guglia Guglia Catalina Volpicelli Fundadora de las Criadas del S. Corazón, Nápoles 1981, p. 44.
17. Ib.
18. Ludovico De Casoria Epistolario, carta n. 727.
19. Epistolario, carta n. 979.


Segunda Parte

Home Page

moscati@gesuiti.it